Dormí con la cabeza bajo la almohada. La presión de la sangre en mis sienes era más que demasiada; me sentía ahora sí atrapada y hastiada, y realmente llovía. La memoria me engañó y luego opto por apiadarse de mi locura, trayéndome un poco de cordura, recordé quel ahogo y desahogo… esa almohada fue mi oyente; mi oreja reposo en ella, mis ojos, mis labios y hasta mi nariz hasta que casi no quedaba mucho aire para respirar, y fue mi amante por ese lapso, amante de un descanso.
Un grillo se escuchaba al fondo, afinaba su canto, se regocijaba en él, y el insomnio hacia de lo suyo, buena noche para decidir mudarse particularmente ese día a este cuarto.
Lloré, reí. Me pregunte, si es que padecía algún trastorno pero sé que no es así. Sólo tenía las extrañas ganas de sentirme bien y mal al mismo tiempo, en ese entonces, mi neurosis acompañada de ese insomnio, emergió mi bipolaridad.
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